10 junio 2009

Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor

La biografía de Drieu la Rochelle es la biografía de un conflicto. Y ese conflicto incluye aspectos importantes de la historia pasada y reciente de Francia. Aunque muchos autores hayan tenido una historia literaria, una historia “de novela”, pocos como Drieu en la literatura francesa han sabido erigirse a sí mismos como el principal protagonista de sus narraciones. Las obras de Drieu son el resultado de diversas lecturas de su propia vida y de su país. Por eso, su vida tratada en términos biográficos es tan atractiva como lectura, y Enrique López Viejo ha sabido muy bien relatar a la vez que plasmar ese aspecto seductor y paradójico de la vida del autor francés.

Si en Burguesía soñadora –traducida en el 2007 por Artime Ediciones- Drieu retrató con un estilo clásico una historia clásica de la burguesía decadente que no era sino un retazo de su biografía rota debido a la Gran Guerra, en la que él participó, en Gilles mostró su faceta más controvertida y la que le hizo estar permanentemente -más para mal que para bien- en la escena política y cultural de la Francia de entreguerras. La postguerra no la conoció; prefirió el suicidio con el que a veces coqueteaba antes de ser otro blanco para la caza a los colaboracionistas (concepto escurridizo éste según fuera el dedo que señalaba): Simone de Beauvoir lista para asistir al juicio que le condenara, como ya lo hiciera con Brasillach. Una vez más, Camus tuvo y solicitó clemencia, más honesto e indulgente que aquéllos que Tony Judt, en su obligado libro sobre los intelectuales franceses, Pasado imperfecto, ha llamado con acierto “círculo encantado”: Sartre, Beauvoir, Malraux, Gide, Aragon, etc.

Decimos escena política y cultural porque la vida de Drieu, como bien refleja esta nueva biografía, caminaba entre los deseos del autor por ser partícipe y constructor de la escena política no sólo en Francia, sino en Europa, y su anhelo continuo de reconocimiento público como escritor ilustre, al menos tanto como lo eran su antiguo amigo Aragon y su siempre fiel amigo Malraux, ambos en la “otra orilla”. Inconstante, como concluimos al leer sobre su vida, unas veces se volcaba en su vocación política, otras se encerraba para hacerlo sobre su vocación literaria. Y entre medias las mujeres, aspecto éste clave en su vida. Pero fue precisamente su visión europeísta la que le llevó a caer en la tentación de los fascismos. Pocas comparaciones tan hábiles para señalar cierta tendencia equívocamente “romántica” de algunas corrientes políticas de entonces como la que hace López Viejo con respecto a nuestra propia historia al mencionar aquella primera Falange, antes de desparecer entre la sombra incierta de las huestes del futuro dictador, Franco, después bajo palio y entre obispos. Un poder clerical que Drieu (quien estableció contactos con dirigentes falangistas durante la Guerra Civil en su visita a España) ni entendía ni consideraba para su proyecto de país o de Europa. Entonces, en 1933, aunque hoy nos parezca imposible, ninguno supo ver lo que de verdad se ocultaba detrás de los ademanes y los uniformes.

Es cierto, al hablar de Drieu hay que hablar de cierta ingenuidad tardía –tardía porque así como en un principio supo prever con la certeza de un visionario en Mesure de la France hacia dónde se encaminaba Europa después de la Primera Guerra Mundial, cuando llegó a presenciar su acertado análisis, no supo ni pudo imaginar los desastres y crímenes que con ella traería- y de “fascismos”, en plural, porque Drieu -y aunque este aspecto no queda del todo reflejado en la lectura de López Viejo-, hasta su visita a la Alemania de 1935, oscilaba entre la admiración por los bolcheviques y la Rusia de Stalin -que también visitó- y la del nacionalsocialismo de Hitler. Y ante la evidente derrota de Alemania, de nuevo miró hacia a Rusia como nación poderosa y firme, casi a la desesperada. Se intuye cierto irracionalismo y ganas de terminar con todo al precio que fuera necesario, un irracionalismo por el que se dejaron caer otros autores como el poeta Gottfried Benn, más ávido de cambios que de libertades. Como Benn, Drieu tampoco era un iletrado, pero sus ansias de terminar con cualquier corrupción, decadencia, injusticia les impedían a ambos condenar cualquier abuso, de las camisas pardas o, además en el caso del autor francés, de la dictadura del proletariado; abusos y crímenes de éstos que autores como Sartre, entre otros, prefirieron eludir en sus juicios. Da la impresión de que su irracionalismo llegaba a vociferar cosas en las que ni él mismo creía. Su antisemitismo -acierta nuestro biógrafo- era incomprensible por cuanto conoció el mundo a través de ellos, los judíos. Durante la ocupación, La Rochelle arengó contra ellos cuando sus mejores amigos y su ex-mujer, Colette, lo eran. Convencido o no, esto sí suponía una verdadera traición, la que se hace contra los amigos y aquellos que nos quieren y cuidan. Pero sus amigos, hasta su muerte, le perdonaban todo al sensible y seductor Drieu. En realidad, Drieu, como muy bien señala López Viejo, no se identifica del todo con ningún bando, pero con todos quiere hablar y proponer su idea de una Europa unida.

Cuando se cansa de la política y ve frustradas sus expectativas diplomáticas, decíamos, se retira a escribir. Pero lo que le sale y refleja en el papel es su vida, y lo que él quiere que sea su vida y su mundo. Entre tanto, vuelve cada vez a las mujeres que siempre le han adorado. Las mismas mujeres elegantes a las que una y otra vez Drieu les es infiel. Demasiados prostíbulos de joven parece que han deteriorado su capacidad para amar o desear por siempre a una única mujer. Recuerda en ciertos aspectos a Des Esseintes, personaje de J.K. Huysmans, que, cansado de excesos y decadencia burguesa y política en una Francia irrecuperable, prefiere retirarse y alejarse de aquel París infame. Pero Drieu volvía a sentir la tentación de la política y del reconocimiento, y volvía, cada vez más agotado y con menos esperanzas, a la capital de sus largas noches de fiesta y de sus paseos últimos.

Irreconciliable para muchos, quedan sus obras que, como tantos otros escritores, no tuvieron la fortuna de contar con acontecimientos sociales, históricos y lógicas ansias de libertad que les propiciaran más éxitos y lectores; quizá hoy, como felizmente ha hecho la heterodoxa editorial Melusina y su biógrafo al recordar a Drieu, puedan tener su momento de traducir o reeditar: Paul Morand, André Thérive, Chardonne, Montherland y otros muchos. También quedan frases como “el día resbalaba sobre la noche como un trapo mojado sobre un cristal sucio”. Genial imagen de El fuego fatuo. Sutileza que la película de Louis Malle tenía muy difícil llevar al cine.

Existe una biografía anterior sobre el autor de Pierre Andreu y Frédéric Grover que editó Aguilar en 1991, con muchas referencias textuales, sobre todo de los diarios y novelas del autor francés. En ésta, aunque muy buena, se echaba de menos alguna cita precisamente de su faceta más incomprensible en la que hacía invectivas contra los unos y los otros. La biografía de López Viejo es menos académica y, como él mismo adelanta, tampoco lo pretende. Se advierten en ocasiones las partes más documentadas entre espacios narrativos propios del biógrafo, quizá llevado por su pasión, pero en ningún caso se pierde ni mucho menos el rastro de la vida de un autor cuya biografía y época, y la de López Viejo es buen ejemplo, es de por sí una novela compleja, contradictoria y con matices que el tiempo permite ya no tanto juzgar como intentar comprender.

Texto: José Antonio Vázquez (Equipo Dosdoce)

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