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El paseante de las dos orillas

12-11-2009

En la historia de la Literatura, el paseo podría ser un género. Y este recién reconocido género -si así fuera- estaría tan fuertemente arraigado a las letras francesas como lo están la nouvelle o el expresionismo a la literatura en lengua alemana. Porque si bien el paseo ya es algo generalizado, si bien todo escritor y poeta se muestra en alguna ocasión como un flâneur, los escritores franceses han sabido como ningún otro conjugar pensamiento, literatura, poesía y vida a través, sobre todo, de las calles de su particular gran ciudad contradictoria: París.

La editorial El Olivo Azul nos trae a nuestra lengua un ejemplo particular con El paseante de las dos orillas, de Guillaume Apollinaire. Un libro singular dentro de la obra del poeta y también dentro de este casi-género del paseo, puesto que en esta travesía entre las dos orillas del Sena se mezcla realidad y ficción, que se construyen sobre una misma ciudad real de cambios y contrastes. El itinerario le sirve a Apollinaire para descubrirse en un lugar que le pertenece y a la vez para alejarse de lo que ve en sus paseos, recuerdos y misterios, y alcanzar así otros caminos imaginarios, burlescos y encantadores. Descripciones de calles y edificios que ya no son lo que eran o, mejor, ya no eran lo que habían sido, y personajes -para el poeta ilustres- que los habitaron se enredan con fabulosos bibliófilos de divertidas y pantagruélicas indexaciones para sus libros, mucho más divertidas que las erróneas clasificaciones de Google Books. Visiones y recuerdos de cafés, caricaturistas, poetas, pintores, publicidad, carteles, puentes y sótanos que conforman lo que se define como un collage, como muy bien lo describe en su iluminador epílogo J. Ignacio Velázquez.

Apollinaire, poeta visual y con mirada de pintor, también de la vida moderna, como su antecesor, Baudelaire, trata de recuperar con la combinación de recuerdo e imaginación un París que, en parte, nunca fue. Ciudad en la que vivió, por tanto conocía, y ya estaba cambiado. Como Huysmans, cuyo París, algo más estático, similar a la mirada del fotógrafo, dejó de ser lo que era gracias a la grandiosidad arquitectónica del barón Haussmann, quien quitó tanto como dio a la capital del Sena. Si antes de Baudelaire –según comenta Velariano Bozal-, su admirado Goya dejó en sus caprichos la mirada del paseante, Benjamin reconoció al poeta francés como el arquetipo de flâneur, su propio modelo de paseante por los pasajes, entre el interior y el exterior de una calle. Así, Apollinaire pasea entre el interior y el exterior de una realidad, su París, y nos deja con ello un recorrido sentimental de recortes. Aquí no hay grandes masas, crítica de la modernidad, o una tentative d´épuisement d´un lieu parisien a lo –ahora tan de moda otra vez- Perec. Tampoco un paseo poético, espiritual solitario y único como estableció el genio entre nieblas de Robert Walter, ilustre paseante suizo entre franceses. Se trata más bien de fragmentos recogidos por el poeta que dejan constancia de su paso por una ciudad en la que cualquier rincón generaba tentativas literarias o poéticas. En el caso de Apollinaire, mucho más que tentativas, el recuerdo atento de alguien que mira y puede ver más allá de lo que ve. Diálogos, versos e ilustraciones acompañan ese repaso.

Del mismo modo, una mirada acertada la de El Olivo Azul tanto por este libro como por la colección en la que se aloja. Herralde afirmaba hace unos años que en España no se leía autores franceses, y que no sabía por qué. Y es cierto –salvo notables excepciones-, quizá por ello hemos tenido años de sequía en literatura francesa y sobreabundancia de autores anglófonos. Parece que esta tendencia, gracias a editoriales valientes, se anima. Esperamos que haya nuevos paseos de viejos itinerarios por descubrir en nuestro idioma. Autores, ideas y obras no faltan por esta senda.

José Antonio Vázquez (Equipo Dosdoce)

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