Los traductores franceses contra Harlequin y su uso de IA
La conocida editorial de novela romántica Harlequin, y perteneciente al grupo HarperCollins en Francia, se encuentra en el centro de una fuerte controversia.
La razón es que tras los traductores literarios del país vecino acusan al sello de sustituir de forma masiva la traducción humana por sistemas de traducción automática (es decir, con inteligencia artificial) con un trabajo de de post-edición, algo de lo que ya dimos cuenta con anterioridad.
La decisión ha provocado una protesta inédita en el sector, apoyada por sindicatos de traductores y autores, que denuncian un “plan de reestructuración invisible” y alertan sobre una transformación profunda de la profesión.
A finales de 2024, decenas de traductores que colaboraban regularmente con Harlequin recibieron llamadas telefónicas notificándoles el fin de su relación contractual. Según los profesionales afectados, no se trató de simples rescisiones, sino de un cambio estructural. Es decir, que, según ellos, colección tras colección, la editorial estaría abandonando la traducción literaria tradicional.
En su lugar, la agencia externa Fluent Planet se encargaría de procesar los textos mediante traducción automática y de contratar correctores para revisar los resultados generados por la IA.
Según afirman también en la Asociación de traductores literarios de Francia (ATLF), los primeros indicios surgieron en mayo de 2024, cuando los traductores fueron informados de dicha reducción progresiva de la actividad.
En el caso de la colección Azur, se ofreció continuar colaborando únicamente como post-editores. Este nuevo rol implica revisar y corregir traducciones hechas con alguna IA, con plazos más cortos, menor remuneración y condiciones laborales más precarias. Según la ATLF, Fluent Planet habría propuesto tarifas de unos tres céntimos por palabra, aproximadamente un tercio de las tarifas habituales.
Se dice que Harlequin había sido precisamente una suerte de escuela para traductores noveles -posiblemente por la menor exigencia o dificultad de los textos-, pese a las condiciones exigentes y salarios inferiores a la media, si bien ofrecían trabajo con bastante regularidad -el volumen de títulos es enorme- y cierta flexibilidad.
Para muchos profesionales -en su mayoría mujeres-, la editorial fue una puerta de entrada y una fuente estable de ingresos durante décadas. La ruptura actual es percibida como “brutal”. Así, colaboradores con 20 o 30 años de antigüedad se enfrentan a la alternativa de aceptar el trabajo de post-edición o perder su principal fuente de trabajo, sin las protecciones propias de un plan de despido.
Más allá del impacto económico, los traductores denuncian una degradación del estatus profesional, el riesgo de perder derechos de autor y una creciente inseguridad laboral.
También expresan preocupaciones culturales y éticas, como por ejemplo la homogeneización de los textos, la pérdida de calidad lingüística, la perpetuación de sesgos y la posible utilización de traducciones previas para entrenar algoritmos destinados a sustituirlos.
En definitiva, temen, como es natural, que el modelo adoptado por Harlequin siente un precedente y anime a otras editoriales a seguir el mismo camino.




