18 septiembre 2007

Ravel

Quien haya tenido la oportunidad, y el placer, de leer Al piano ya habrá descubierto el inimitable estilo de Jean Echenoz, su maravillosa prosa y su particularísima forma de retratar a los músicos y al mundo que los rodea. Pero con Ravel (Editorial Anagrama) ha superado con creces las expectativas de músicos y profanos al ver cómo ha tratado la figura del compositor francés, sorprendiendo por igual a crítica y público.

Bucear por el interior de alguien y explorar sus sentimientos debe ser difícil tarea, más sin haberlo conocido. Pero si ese alguien es uno de los mayores exponentes del impresionismo musical la tarea se presupone aún más complicada, si no imposible. Para quien conoce y admira la obra de Ravel llama la atención la aparente falta de correspondencia entre su imagen y su trabajo. La cara vista, en sus fotografías, es siempre impecable: sonriente, invariablemente trajeado, esnob, cigarrillo en mano, pendiente de la cámara, controlando la pose, el gesto; podría decirse que responde al prototipo del vividor, del superficial.  Por el contrario, sus trabajos son otro mundo. Nadie como él ha conseguido esas atmósferas sonoras, esos efectos, esa profundidad, esos ambientes mágicos donde el oyente siempre participa y se sumerge en una maravillosa historia musical de la que no se desea salir y donde siempre se cuentan más cosas de las que uno piensa y espera.

En Ravel, Echenoz aborda los últimos diez años de la vida del artista, hasta su fallecimiento en 1937. Era por entonces el músico más apreciado del mundo junto con Stravinsky, quien consideraba a Ravel el más perfecto relojero de todos los compositores, debido a su obsesión por la perfección técnica y formal en su proceso creativo. Durante este tiempo descubrimos su triunfal gira por América, los estrenos de sus obras, su relación con otros músicos, su amistad con actores y directores de cine, sus viajes y estancias en España y el país vasco-francés, sus problemas de salud y la enfermedad que tan cruelmente llevaría a una persona como él hasta la muerte.

Pero, aparte de todo esto, Echenoz nos hace ver todo aquello que no aparece en las biografías y que es en realidad la verdadera esencia del personaje: su soledad, sus inseguridades y sus drásticos remedios para vencerlas; sus miles de manías, tantas y tan arraigadas que condicionarían toda su vida; su homosexualidad, maquillada de modernidad y extravagancia; sus problemas de relación, su escondida misoginia, su vanidad, su egolatría, su pasión por destacar y ser admirado aunque al tiempo, y en el fondo, le hubiera gustado pasar inadvertido.

Todas estas contradicciones son reflejadas por Echenoz en una novela que conforma un retrato ficticio del músico plagado de verdades biográficas, algunas sorprendentes, como su aventura al volante de un camión militar en Verdún y cuyos descansos aprovecharía para transcribir el canto de los pájaros con el fin de utilizar posteriormente en sus composiciones; o como su historia de amor-odio con el Bolero, que tan famoso le haría y del que nunca llegaría a entender su éxito por estar, a su juicio, vacío de música.

Echenoz comparte con el personaje de Ravel sensualidad e ironía, esa ironía siempre cargada de exquisitez y buen gusto. El talento del escritor radica en poner palabras a los sentimientos de otro, a reflejar por escrito lo que pasa por la cabeza de alguien y que, por personal o por considerarlo simplemente banal, ese alguien no quiere ni le interesa compartir con nadie. Echenoz consigue que, tras leer el libro, veamos alguna que otra fotografía de Ravel rodeado de gente y consigamos leer su mente mientras piensa: “Qué demonios haré yo aquí con todos estos horteras”.

Texto: Ignacio Saldaña (Redacción Dosdoce)

Jean Echenoz (Orange, 1948). En el Salon du Livre de París de 1988, fue galardonado con el Premio Gutenberg como “la mayor esperanza de las letras francesas”; asimismo, en una encuesta realizada por Le Nouvel Observateur, fue elegido el novelista internacional más relevante de la década de los noventa.

 

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