17 octubre 2008

El último viaje del libro hacia las nuevas tecnologías

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En este VIII Congreso de Escritores que se celebra bajo el título de “Literatura y Pensamiento” no debe faltar, a mi entender, una reflexión colectiva sobre el futuro que se nos avecina a causa de los nuevos soportes que van a contribuir a difundir la literatura y el pensamiento, esto es, el trabajo literario del creador; como tampoco debe volverse la espalda a esa certeza prosaica (como casi todas las certezas) de que quienes pensamos y escribimos somos seres humanos con pocas necesidades pero merecedores de ser tratados con la más elevada dignidad.

Porque lo cierto es que se aproxima un tsunami tecnológico al mundo del libro que, además de los efectos que produzca sobre editores, distribuidores y libreros, también va a arrastrar a los escritores de todo el mundo, y lo más grave es que ante este anuncio, por otra parte tan evidente, carecemos de respuestas e, incluso, de una adecuada toma de conciencia sobre ello. Se puede decir que ni siquiera lo tomamos en consideración. Pues permitidme que sea contundente al expresar aquí que esa ceguera me parece una irresponsabilidad individual y colectiva de la que deberíamos huir.

En un artículo de Carlos Salas, publicado el pasado 1 de junio en El Mundo, se puede leer: “Cuando se lanzó el ordenador personal, muchos periodistas y escritores se encadenaron a su máquina de escribir y gritaron: ¡Nada como mi Olivetti! Ahora, esos escritores coleccionan máquinas de escribir o van los fines de semana a ver exposiciones sobre “La asombrosa historia de la máquina de escribir”. Unas visitas entrañables.” Y continúa Salas en su artículo: “Y aún así se oyen miles de gritos: ¡No, el libro no va a desaparecer! Pues si muchas editoriales y libreros están aterrorizados con el fenómeno, por algo será. Lo único que no se sabe es cuándo llegará el mortal impacto”. Y termina: “Pasó con la máquina de escribir, con el teléfono móvil, con la TV digital. Y ya no sabemos vivir sin las nuevas tecnologías. ¿Por qué no va a suceder lo mismo con el libro?”

No es este periodista el único que coincide en esta realidad inminente a la que los autores no prestamos atención porque nos parece tan fantasioso como el Apocalipsis que habla del cambio climático. Incluso hay otros periodistas que se lo toman a broma: en The New York Times, Paul Krugman publicó el pasado 6 de junio un artículo titulado “Bits, Band and Books” en el que ironizaba sobre el anuncio tecnológico contando un viejo chiste brasileño: “BRASIL ES EL PAIS DEL FUTURO… Y SIEMPRE LO SEGUIRÁ SIENDO. Y añadía: “Aunque ahora se hable tanto de los libros electrónicos, a los e-book les pasará también eso”. Bien: este periodista aseguraba cínicamente que el e-book es el libro del futuro y que siempre lo seguiría siendo. Pero permitidme que os diga que ni él ni yo creemos que vaya a ser así, entre otras cosas porque el propio Krugman termina su contradictorio artículo escribiendo: “No nos engañemos: bit a bit, todo lo que pueda ser digitalizado, será digitalizado”.

Nosotros no podemos cerrar los ojos a esta realidad. En los últimos años se ha visto cómo Internet ha transformado el modelo de negocio y la organización de las empresas de muchos sectores (medios de comunicación, viajes, reservas hoteleras, intermediarios financieros, música, cine…). Todo el mundo sabe que “todas aquellas empresas que tengan como base la gestión de contenidos y su comercialización a través de intermediarios sufrirán una transformación de su modelo de negocio” (así lo escribe Javier Celaya en Ibercampus). Es lógico pensar que las empresas del sector del libro no van a ser una excepción en este proceso de transformación estructural. Ni, por consiguiente, los autores vamos a escapar a ese cambio.

Internet es un nuevo dios, no hay duda; y la Red, el exponente de un proceso globalizador (quizá también democratizador) que va a llevar la información y la cultura a todos de un modo económico, cuando no gratuito. Pero a pesar de la importancia de ese proceso global y de los beneficios que pueden reportar (incluso para los autores, que tendrán sus obras siempre a disposición de los lectores; no como ahora, que encontrar una novela de un autor publicada cuatro años atrás se convierte en un imposible), aunque beneficie en ese aspecto, repito, lo inquietante es que muchos autores ya no podrán vivir de su trabajo porque su obra será vendida por otros, y las editoriales cerrarán incluso antes que las librerías, a las que puede quedarles el libro antiguo o de ocasión para quienes todavía gusten de leer en los formatos actuales. Pero, ¿qué editor pagará a un autor derechos (o anticipos) de un libro que no va a vender? ¿O qué librero sobrevivirá en un mundo donde la literatura esté a disposición pública a bajo coste o de modo completamente gratuito? Insisto en que estos aspectos son (o deberían ser) de la máxima importancia para los escritores; y algo sobre lo que merece la pena detenerse a reflexionar en este Congreso.
 

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ALGUNOS DATOS:

Para no extenderme demasiado, voy a exponer a continuación algunos datos que creo de interés para alcanzar una comprensión global del tsunami que anunciaba al principio. Veamos:

Según el Ministerio de Cultura de España, la edición electrónica se incrementó en un 88,2% durante el año pasado, alcanzando la producción on-line unos 7.500 títulos (todavía el 10% de los publicados en papel). Pero esto no ha hecho nada más que empezar.

En EUU Amazon facturó el pasado año 100 millones de dólares con el Kindle. Libros más baratos gracias a su bajo coste de producción.

Con el e-book el libro ya tiene un mercado global.

En los móviles, las historias breves, por capítulos, para el móvil, alcanza ya las 1,3 millones de descargas por novela, como sucedió con Love Sky, por ejemplo.

Algunos autores, como Paulo Coelho, Stephen King o Vázquez Figueroa ya cuelgan sus obras en Internet. Puede tratarse de ejercicios de autopromoción, como afirma Luis de Solano, de la editorial Libros del Asteroide, pero otros opinan que esta práctica abre un verdadero debate sobre los derechos de autor.

En el Congreso Internacional de Escritores, celebrado en Seúl, se aseguró que “cuanta más tecnología, más piratería; y si bien no se puede parar la tecnología, al menos habrá que aligerar sus efectos negativos con mecanismos como el canon digital”.

La Biblioteca Virtual Cervantes ha superado en junio el medio millón de visitas mensuales.

Google Book Research ha creado la Biblioteca Universal Virtual (ya tiene 130.000 títulos a 9,99 dólares). Y de manera inmediata Google quiere poner en marcha una gran biblioteca virtual, con un millón de libros escritos en 40 idiomas distintos, digitalizados en un centenar de países, a los que se podrá acceder a través del buscador de libros www.books.google.es.

De momento 20.000 editoriales y 28 bibliotecas (entre ellas las de las Universidades de Oxford, Haarvard, Stanford y Nueva York) han aceptado digitalizar sus bibliotecas y colgarlas en la web.

En España, se han sumado la Universidad Complutense y la Biblioteca de Cataluña. Así se permitirá acabar con el desigual acceso al conocimiento, dicen.

Más datos: Por una encuesta realizada este mismo año   en Los Ángeles (EEUU), se supo que el 13% de los jóvenes menores de 30 años están dispuestos a leer libros electrónicos o en la Red, porcentaje que baja al 6% en los mayores de 65 años.

En Japón ya hay millones de lectores que leen novelas cortas, de no más de 25 páginas, en segundos y en el móvil. Son manga, generalmente. Pero pronto llegará este sistema a España, en audio-libros, PDA, móviles, mini-ordenadores… Y quitarán al papel su protagonismo.

En España, estos libros, llamados Bidibooks, los edita la Editorial coruñesa Netbiblo y en 2008 tiene previsto editar las colecciones World Visions, Urban Visions, Sport Visions, Natural Visions, Human Visions, Luxury Visions y Lifestyle Visions. En seis idiomas, además: español, inglés, alemán, francés, italiano y japonés.

Estos son algunos datos llamativos. Pero, ¿qué opinan de todo ello en el sector editorial?

LOS EDITORES FRENTE AL TSUNAMI

No sé si estos datos nos pueden dar a todos una visión completa de la contundencia de la revolución tecnológica que se cierne sobre el mundo del libro, pero al menos hay sectores, como el editorial, al que se le han puesto los pelos de punta. Y a nosotros, que sin protagonizar los mecanismos del mercado somos el producto que se vende en los tenderetes, no debería dejarnos indiferente esta realidad inmediata. Porque las barbas peladas de nuestros vecinos (el cine y la música) tienen que invitarnos a poner las nuestras a remojar. No sabemos el alcance de las nuevas tecnologías; tampoco conocemos las callejuelas del pirateo; ignoramos si ese futuro informático/tecnológico contará o no con nosotros ni si se nos remunerará por nuestro trabajo. Lo único que intuimos es que los autores podríamos asistir completamente desprotegidos a la distribución y puesta a la venta de nuestras obras sin haberlo consentido ni percibir remuneración alguna por ello.

Los editores, que sí saben lo que se juegan, ya han iniciado un proceso de conocimiento del problema y este mismo verano, en la sede de Santander de la Universidad Menéndez Pelayo, se han reunido para conocer los datos y el alcance de este viaje del libro hacia las nuevas tecnologías.

Comprendieron que Internet, al igual que ha sucedido con el cine y con la música, puede convertirse en el primer canal de distribución de libros. Y los editores no quieren que el fenómeno les pille desprevenidos. Tengamos en cuenta que, según la FGEE, en 2007 la industria editorial facturó 3.123,17 millones de euros (un 3,6% más que el año anterior) y se vendieron 250,86 millones de libros, un 9,9% más que el año anterior. En España, la industria editorial mueve 4.000 millones de euros al año, un 0,7% del PIB, y da empleo a 30.000 personas. Todo un negocio al que no pueden renunciar.

En esa reunión de Santander, la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), que integra a 836 empresas editoriales y representa alrededor del 95% del sector, reclamó que los nuevos soportes de la edición relacionados con las nuevas tecnologías tributen igual que los libros. Porque, según el director ejecutivo de la FGEE, el porcentaje de las empresas que editan en soportes distintos del papel (CD-ROM, CD-I, DVD, On Line y Audio Libros), es del 25%. En total, en España, 156 empresas editoriales usan soporte no-papel, lo que supone un 10,7% de la facturación (de media, coste 7 euros, frente a los 12 en papel). Y es que, como se dijo allí, las leyes no están pensadas para las nuevas tecnologías, y hay que adecuarlas. Las actuales se redactaron hace veinte ó veinticinco años. Además, los jueces nunca tratan estos asuntos.

La empresa Amazon intentó en el Curso de la UIMP de Santander convencer a los editores para que aceptaran su oferta de digitalizar sus fondos, pero la rechazaron. Dignamente, lo hicieron dignamente, pero todos sabemos que con la boca pequeña y tomándose tiempo para echar las cuentas. Porque esa postura tan digna y romántica no tendrá, en un futuro inmediato, eficacia alguna. Sería como poner puertas al campo. Las declaraciones como la del editor de EDHASA, Daniel Fernández, diciendo que “El Guantánamo para los libros que nos ha dibujado Amazon es un atraso vendido con el lenguaje comercial más aburrido del mercado”, no deja de ser una floritura sin ninguna eficacia real.

La conclusión de ese encuentro de editores fue, en palabras de Juan Ramón Azaola, contundente: “La digitalización de contenidos plantea una serie de retos y de oportunidades que afectan tanto a los editores como a los autores”.

Y es cierto. El futuro que se presenta en un horizonte próximo afecta tanto a editores como a autores, además de libreros. Por eso la situación es tan preocupante. Javier Celaya la resumió muy bien:

“La digitalización del libro se está convirtiendo en una de las áreas de máximo interés por parte de las editoriales españolas. Será, sin lugar a dudas, una de las decisiones más estratégicas que tendrán que tomar los editores en los próximos años. ‘Esta decisión no sólo conlleva seccionar un buen proveedor que digitalice todo el fondo con meta-datos en XML y a un precio competitivo; estamos hablando principalmente de una transformación general de la editorial, de su estrategia de producción y distribución, de sus futuras políticas de marketing y comercialización de sus libros; y hasta del propio mercado. Por tanto, antes de contactar con los diferentes proveedores existentes en el mercado –nacionales e internacionales- para digitalizar su fondo, los editores tendrían que reflexionar sobre cuál será su modelo de negocio en la Red. Estos aspectos sobre los que deberían reflexionar son:

¿Venderá la editorial sus libros electrónicos directamente a sus lectores?

¿Complementará la venta directa con un canal de comercialización a través de librerías virtuales?

¿Qué medidas internas tomará para gestionar el futuro negocio virtual mientras mantiene el modelo tradicional que todavía da dinero?

¿Cómo afecta la digitalización a la política de precios?

¿Qué parte del fondo digitalizará primero?

¿Crearán un nuevo sello para el fondo digital?

¿Aumentará la contraprestación a los autores por la cesión de los derechos de edición, publicación y venta debido a la eliminación de varios costes e intermediarios?

Son preguntas a las que nadie ha respondido todavía. Pero no es difícil imaginar que los editores ya deben de estar dándole vueltas al problema para perpetuar la industria del Libro, el negocio del Libro. Un negocio en peligro a causa de las nuevas tecnologías y, en concreto, por lo que podríamos llamar “las maquinitas”.

“LAS MAQUINITAS”

Porque falta por explicar, para comprender de qué estamos hablando cuando nos referimos a las nuevas tecnologías en relación con el libro, qué es exactamente un libro electrónico o e-book y cuáles son sus funciones, sus ventajas y sus aplicaciones. Volvamos otra vez al artículo de Carlos Salas:

“Muchos siguen pensando que es una lata leer un libro entero en una pantalla, sea cual sea, pero la tecnología no es como muchos imaginan. Los libros electrónicos, que en realidad son lectores electrónicos de libros, usan un display formado por millones de microesferas que se estimulan mediante la corriente eléctrica. A diferencia de las pantallas retroiluminadas de los ordenadores, las pantallas de los e-books se ven con luz incidente, igual que cualquier papel. Eso quiere decir que se puede leer desde cualquier ángulo. Leer la tinta electrónica de un e-book requiere el mismo esfuerzo ocular que afrontar cualquier novela en papel, es decir, que no acabamos agotados por culpa de la pantalla.

Conectados de forma inalámbrica al sistema telefónico, aceptan descargas de libros con la misma facilidad que ahora se recibe un SMS. Los comandos facilitan muchas cosas, como ampliar el cuerpo de letra, bueno para los mayores, y escuchar música mientras se disfruta de la lectura.

Hay ya varios modelos en el mercado. El Kindle de Amazon, el Sony Reader, el iLiad de Phillips. Cuestan unos 300 euros, pero pronto serán mucho más baratos. Caben unos 300 libros por ahora, y en el futuro, miles. Y si el lector se encuentra con una palabra que no conoce, bastará apretar un botón para que un diccionario interno le diga qué significa.

En el futuro, estos e-books liberarán espacio en los hogares y en los almacenes de las editoriales. También en las librerías. Y además no devastarán nuestros bosques.

Bien, así es el Kindle y los otros e-books. Pero el Kindle no es sólo una maquinita: detrás hay servidores, empresas, que son quienes van a hacer todo el negocio. Todo. Porque hoy no controlan las ediciones electrónicas de los libros ni los editores ni los autores, sino las grandes empresas tecnológicas: Amazon, Apple o Google.

¿Qué es un Kindle? Fino como un libro de 50 páginas, es un aparato que permite descargar obras, visitar las web de actualidad, acceder a enciclopedias On Line y hacer traducciones simultáneas de lo que estás leyendo si lo has comprado en otro idioma. Puedes llevar dentro hasta 300 libros. Kindle vale hoy alrededor de 400 $, unos 300 euros. Tiene una pantalla plana de 15 cm. Y una resolución de 600×800 pixeles. La pantalla refleja las letras como si fuera papel. Permite anotaciones al margen e incorpora diccionario y traductor. En definitiva: se trata de un e-book o libro electrónico que, con un peso mínimo (290 gramos) y unas medidas mínimas (13,4 x 19 x 1,7 cm.), almacena cientos de títulos de los 100.000 que ha puesto Amazon a la venta a 7 euros. El aparato en cuestión vende 20.000 unidades mensuales en EEUU y ya se han formado largas listas de espera para adquirirlo.

Según El Periódico de Catalunya de 3 de junio de este año, “sólo en Los Ángeles se han vendido hasta junio 10.000 unidades de Kindle; y Sony Reader ya ha vendido 50.000 en EEUU. Jeffrey Bezos, fundador y consejero delegado de Amazon, ha asegurado que sus compradores de Kindle siguen comprando libros tradicionales en papel, incluso más que antes. En cambio David Shanks, de la editorial Penguin, ha declarado en The New York Times que ”la gente no está comprando las dos versiones y me refiero a algo que es prácticamente una canibalización”.

Lo cierto, con todo, es que sólo en Japón ya se comercializan más e-books para el móvil que para el PC, para el ordenador.

El proceso es el siguiente: “1. Hay que descargarse al móvil un lector de códigos QR, que es gratuito. 2. Se instala la aplicación. 3. Se captura con la cámara fotográfica del móvil los códigos que aparecen en el libro. 4. Al detectar el código, se muestra automáticamente su contenido. 5. Entonces se acepta la conexión a Internet y ya se puede visionar cualquier vídeo, imagen o texto con el que esté enlazado. Sólo se necesita un móvil que sea compatible con la aplicación lectora de los códigos bidimensionales y que pueda conectarse a Internet. Hay 70 modelos de este tipo de móviles en el mundo, de los más importantes fabricantes. Y las conexiones WiFi hacen que sean gratuitas las descargas.

Estos son los hechos. Tal vez contemos con una ventaja y es que, cuando se produjo el top manta de la música y del cine, no había dónde comprar en Internet. Ahora hay posibilidad de ofrecer esa alternativa para que no surja un top manta del libro y los autores puedan seguir siendo remunerados por su trabajo, porque los escritores no pueden, como se sabe, dar conciertos en vivo, ni sus obras ser financiadas por las cadenas de televisión.

CONCLUSIONES

Para terminar, me parece imprescindible recalcar que en estos inicios del siglo XXI no se puede dejar de reflexionar acerca del futuro que le espera al mundo del libro, un futuro extremadamente inquietante no sólo para los autores sino también para editores, distribuidores, libreros e, incluso, para el mismo Estado. Por eso hay que ser conscientes de la trascendental incidencia que suponen las nuevas tecnologías en el sector económico del libro.

El libro electrónico y la digitalización del universo literario es una democratización de la cultura, un servicio público continuo y constante. Pero en todos estos procesos, como la digitalización de los fondos de la Biblioteca Nacional, ¿quién piensa en los derechos de autor de los escritores?

Porque es fantástico pensar que la obra de Dostoievski puede estar al alcance de todos de una manera libre, fácil y gratuita. Entonces, ¿si es bueno para Dostoievski, no es bueno también para mí? Es posible, pero quisiera detenerme en un ligero matiz: Dostoievski no paga hipoteca, no va al súper ni usa ropa interior, y nosotros sí.

Los artífices del nuevo sistema y los defensores de la digitalización y venta on line aseguran que, por lo que respecta a las obras con copyright, se permitirá sólo una consulta limitada a ciertos extractos y ofrecerán opciones de compra on line o listado de librerías cercanas. Dicen que será algo equivalente a hojear un volumen en una librería. Pero lo cierto es que si la piratería en la música y el cine no tiene manera de ser erradicada, no hay motivos para pensar que con los libros no vaya a suceder lo mismo. Tal vez nos preguntemos por qué no ha sucedido hasta ahora. Pues bien: en primer lugar, ha de saberse que en los semáforos de Lima se venden ejemplares piratas de una novela de Vargas Llosa antes de su puesta a la venta; que los niños de todo el mundo sabían como acababa la nueva historia de Harry Potter antes de su puesta a la venta, porque el desenlace ya se había colgado en Internet; y, por ultimo, que si la piratería no ha llegado de manera general al libro es debido a los escasos índices de lectura o a que los piratas no consideraban el libro como un negocio suficientemente rentable. Pero empieza a serlo, ya se están dando cuenta. Y ello desembocará en un proceso que nos empobrecerá a todos los integrantes del Libro como Industria, como Comercio y como Arte.

Porque, además, todo son ventajas, según coinciden los editores. El libro electrónico no tiene costes de almacenamiento, se descarga por PDF, el stock puede ser infinito, se ofrece el producto al instante, la distribución es gratuita y se llega a todos los mercados. Además, la Red permite a bajísimo coste promociones en Internet, videos colgados en Youtube, webs interactivas de libros y de autores, espacios como Myspace o Facebooks que pueden ser promocionales. Incluso permite el Print On Demand, con lo que las librerías podrían terminar siendo innecesarias o, todo lo más, espacios como Galerías de Arte con las carátulas de nuestras obras en las paredes y una máquina que imprime y encuaderna el libro en unos minutos.

Tengo que terminar discrepando con las declaraciones que desde el Ministerio de Cultura, por boca de su Director General del Libro, se pronunciaron en el curso de Santander a que antes me refería. Nuestro amigo Rogelio Blanco dijo textualmente: “El libro no es sólo el soporte papel sino toda unidad monográfica que pueda circular desde el creador hasta el lector. Y aunque las nuevas tecnologías aumenten los soportes, esto no quiere decir que el modelo tradicional vaya a fenecer, sino que es una forma fácil y ágil que contribuye a que el creador tenga más posibilidades de diseminar sus obras”. De acuerdo; pero, ¿quién está pensando en la justa remuneración que debe percibir el escritor por su creación intelectual? Porque la nueva Ley del Libro ya apunta a las nuevas tecnologías en la definición del libro, pero no aporta ninguna solución remuneratoria a la llegada del libro electrónico.

Y es necesario encontrar soluciones urgentes. Para empezar, hay dos que deberían aplicarse de inmediato: en primer lugar, hay que dejar muy claro al ciudadano que bajarse un libro gratis, que tenga derechos, es un robo. Que no pueden hacer en Internet lo que no harían en El Corte Inglés. Y en segundo lugar debe consensuarse cuanto antes un formato único, como ha ocurrido con el MP3 para la música.

Un apunte para terminar. Se está produciendo un hecho gravísimo en Estados Unidos que muy pronto llegará a Europa y a España. Allí existe una empresa que fabrica y vende un aparato tecnológico o libro electrónico en el que se pueden descargar cuantos libros se deseen, en la modalidad de alquiler o de compra, a cambio de unos pocos dólares. Sería una noticia más en el mundo de los avances tecnológicos si no fuera porque se supone que esa empresa ejerce también como editora de libros y como librería. De hecho, casi toda la literatura en inglés que se publica en EEUU, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda ya está disponible para ser alquilada o vendida a los poseedores de ese nuevo aparato, e incluso pueden obtenerse las obras de García Márquez, de Cortázar y de cualquiera de los autores europeos, en su idioma natal o, en su caso, en inglés.

El negocio de una empresa así amenaza todos los frentes. De un lado, los autores asisten completamente desprotegidos a la distribución y puesta a la venta de sus obras sin haberlo consentido ni percibir remuneración alguna por ello; por otra parte las librerías están dejando de vender. Además, las editoriales que publican esos libros carecen de ingreso alguno, por lo que pronto dejarán de contratar autores y de publicarlos. Y, por último, el Estado asiste impasible a un negocio millonario de economía sumergida por el que no percibe ingresos provenientes de la habitual carga impositiva.

El asunto está empezando a ser tan grave que las quejas han llegado ya al Gobierno y pronto se iniciará un debate en el Congreso norteamericano para aprobar una ley que regule un negocio que, hasta ahora, jugado en la selva de internet, sólo beneficia a las empresas que lo están desarrollando. Empresas que, además de fabricantes y vendedoras del libro electrónico, ejercen de editorial, librería y almacén de títulos, incorporando libros obtenidos de cualquier soporte digital, incluidos los fondos bibliotecarios de bibliotecas públicas y privadas. Es, para entendernos, como si los fondos digitalizados de la Biblioteca Nacional de España o las novedades de nuestras editoriales fuesen copiados por un hacker o experto informático antes o a la vez de su puesta a la venta en librerías, dejándolos a disposición de los poseedores de un aparato de esos para que pueda bajárselos a su maquinita a un precio más barato que el de mercado.

El problema se agrava porque, al ser Internet un espacio sin regulación legal, los propios jueces norteamericanos están reclamando al Gobierno una ley porque ellos no disponen de un tipo legal para actuar contra esa nueva modalidad de negocio o como quiera llamarse.

En España estamos dándole vueltas una y otra vez a la Ley de Propiedad Intelectual y discutiendo por unas migajas obtenidas a través del canon digital o los derechos de préstamo bibliotecario y reprográficos, cuando el tsunami que se avecina es real e imparable. Porque lo que está sucediendo en Estados Unidos es una advertencia de lo que va a ocurrir en España dentro de nada. Por eso es inaplazable la iniciación de un proceso legislativo que regule y palie la penetración de las nuevas posibilidades tecnológicas en un negocio ante el que no hay respuesta legal, protección jurídica ni mecanismos de defensa. Es preciso abandonar la actitud pasiva que afecta a esta Europa dormida que parece más pendiente de ahorrar en los costes del Estado del Bienestar que en evitar un atentado contra los creadores de la cultura.

Porque un trabajo que no se remunera termina por no realizarse. Algo que podría llegar a pasar con los libros, porque la creación que no se recompensa tampoco se respeta y un país que no respeta su cultura es un pueblo condenado a la barbarie o a la ignorancia. Y en España ya hemos pasado demasiado tiempo sin respetar ni defender el trabajo de nuestros creadores.

En resumidas cuentas: las actividades tecnológicas de Amazon, Google y demás empresas tecnológicas son públicas y legales, hasta ahora. Pero imaginemos que mañana se crea un servidor en una isla perdida del Pacífico que escanea todas nuestras obras, o simplemente las extrae de los ordenadores de las editoriales y las pone a disposición del gran público. No es fantasía: como prueba de ello, estos días he bajado a mi ordenador desde e-Mule la novela de Eduardo Mendoza Sin noticias de Gurb, sin pagar nada al compañero Mendoza, lo que supone un desprecio absoluto a sus derechos de autor, y a mi entender una estafa. Pues imaginemos que mañana se crea un nuevo e-Mule literario donde se regalan nuestras obras. ¿Acaso las editoriales, desde ese momento, nos comprarían y remunerarían un libro que no van a vender porque está gratis a disposición del público lector?

Tenemos que encontrar un equilibrio correcto entre la garantía a la libre circulación de mercancías literarias en la Red y la protección de nuestros derechos. Un equilibrio que asegure la certidumbre jurídica y normativa (básica para el desarrollo del sector del Libro) y que estimule la regulación desde el papel de los proveedores de acceso y los diferentes servicios en la cadena de valor. Legislación y regulación con protección de los derechos de autor. Es imprescindible para nuestra propia supervivencia. Algo a lo que todavía nadie, en Europa, parece haberse puesto a trabajar.

El único aspecto optimista de todo ello es que el hecho de que no se estén pagando impuestos por el nuevo negocio sea el aguijón que espolee al gobierno de Estados Unidos a legislar pronto un remedio.

Y luego lo harán los demás países, a no ser que se empeñen en que tengamos que buscarnos otro oficio.

Muchas gracias.

Antonio Gómez Rufo

(www.gomezrufo.net)

 

 

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