01 abril 2026

Escuchar audiolibros es leer, el debate abierto en la industria editorial

Foto de Dzenina Luka en Pexels

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La pregunta de si escuchar un audiolibro puede considerarse realmente leer fue el eje central de un debate celebrado durante la reciente Feria del Libro de Londres.

En una mesa redonda titulada ‘The Great Audiobook Debate’, participaron especialistas del sector editorial y de la investigación sobre LA lectura, quienes analizaron tanto los aspectos culturales como científicos de esta cuestión.

Entre los ponentes se encontraban  Javier Celaya (fundador de Dosdoce.com), Luis González Martín (director general de LA Fundación Germán Sánchez Ruipérez), Richard Lennon (responsable de audio en Penguin Random House UK), Carina Spaulding  (investigadora principal de The Reading Agency) y Marc Boutet (presidente de De Marque).  El debate fue moderado por Christopher Kenneally, presentador del podcast ‘The Spoken World’.

Durante la conversación, Celaya planteó resulta curioso que exista tanta discusión sobre los audiolibros cuando el audio es el segmento que actualmente registra el mayor crecimiento dentro de la industria, con tasas de dos dígitos.

Además, señaló que no existe un debate similar cuando se habla de otros formatos narrativos, como el manga. Desde esta perspectiva, lo verdaderamente relevante para el negocio editorial no sería si el público “lee” o “escucha”, sino si continúa consumiendo historias y contenidos.

Para profundizar en la cuestión, González Martín aportó la visión científica basada en investigaciones realizadas por la Fundación GSR. Según explicó, escuchar y leer implican procesos cognitivos diferentes. Escuchar es una capacidad natural del ser humano, mientras que la lectura requiere un aprendizaje específico y modifica el funcionamiento del cerebro. En ese sentido, la lectura no se define tanto por la historia que se recibe como por la actividad cerebral que se produce al descodificar el texto escrito.

Sin embargo, las encuestas realizadas por Penguin Random House UK muestran que muchos usuarios de audiolibros no se identifican a sí mismos como lectores. Para Lennon, esto no supone un problema, ya que el objetivo principal de la editorial es producir audiolibros que respeten al máximo la intención narrativa del autor, de modo que la experiencia del oyente sea lo más cercana posible a la del lector tradicional. En definitiva, disfrutar de los libros no exige necesariamente asumir la etiqueta de lector.

Boutet añadió una perspectiva histórica al recordar la consabida y repetida historia de que las primeras narraciones de la humanidad se transmitían oralmente mucho antes de ser escritas. Desde este punto de vista, los audiolibros no representarían una ruptura con la tradición, sino más bien un retorno a las raíces de la narración.

Más allá de la discusión terminológica, los participantes coincidieron en destacar el crecimiento del mercado global del audiolibro y su capacidad para ampliar el acceso a la lectura.

Este formato resulta especialmente atractivo para personas con agendas ocupadas que desean aprovechar momentos como los desplazamientos o las tareas domésticas para consumir contenidos. Además, algunas empresas trabajan en tecnologías que permiten alternar sin interrupciones entre el texto escrito y el audio, favoreciendo experiencias de lectura inmersiva.

Spaulding subrayó también el impacto social de la lectura y los audiolibros. Según estudios de The Reading Agency, cerca del 19% de los lectores afirma que leer les ayuda a combatir la soledad. Para personas adultas o niños con dificultades para leer textos impresos, los audiolibros pueden ofrecer una vía alternativa para conectar con las historias y, al mismo tiempo, reforzar habilidades lectoras.

Aunque el debate parece que no llegó a una conclusión definitiva sobre si escuchar un audiolibro debe considerarse o no una forma de lectura, sí puso de relieve el papel creciente del audio en el ecosistema editorial.

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