lunes, 21 de mayo de 2012
Como escritor tengo una enorme curiosidad por conocer en detalle qué tipo de oportunidades me ofrece la narrativa transmedia en el proceso de creación de una obra.
Derechos de los usuarios en la nube
Hay que hallar la manera de encontrar un equilibrio entre las ventajas de la nube y los derechos adquiridos de los lectores ante la privacidad, intimidad y propiedad.
Venta por capítulos en Amazon de 0,99 a 2,99 euros
Por vez primera en España, los capítulos de un libro de empresa se venden de forma fragmentada, de modo que el lector pueda adquirir electrónicamente, si lo desea, sólo aquellos que le resulten de mayor interés.
El futuro de tu empresa depende de un click
Internet está transformando la manera de descubrir, comprar y consumir todo tipo de productos y servicios. Mientras que las tiendas físicas cierran, el comercio electrónico en España bate records de ventas.
Voy de asombro en asombro. Leo
el pasado sábado en El País a Manuel
Rodríguez Rivero que cuenta cómo la editorial Harper Collins ha introducido
en sus contratos una "cláusula moral" por la que la compañía se reserva el
derecho a rescindir contratos "si la
conducta del autor evidencia una falta de la debida consideración hacia las convenciones
públicas y morales... (sic)". Vuelvo a El País el domingo y me encuentro con
que el propio periódico pide disculpas por lo que Nacho
Vigalondo ha escrito sobre el Holocausto
en su Twitter (personal) y decide retirarlo (por sus opiniones) de una campaña
publicitaria en la que aparecía el director de cine, además de clausurar su blog que alojaba El País
Digital.
Y
pienso: "Quizá me esté equivocando al sobresaltarme,
y obligando al hombre a ser bueno se logrará la sociedad libre que anhelaba Rousseau..."
No lo creo. No creo que ni el ojo avizor de las editoriales ni la
espada justiciera de los medios de comunicación nos hagan mejores, quizá sí más
cínicos, menos espontáneos y más amargados; lo hemos visto antes en otras
represiones, como la caza de brujas de McCarthy, donde no hubo ni muertos ni
exiliados pero sí grandes círculos intelectuales que se autocensuraban para no
ser reprendidos.
Enjuiciar
moralmente a alguien es siempre una mala costumbre que quizá no podamos dejar
de hacer en nuestros círculos reducidos, pero cuando el enjuiciamiento pasa a
ser popular deberíamos saber que desaparece la razón y el mando lo toman las
emociones, y éstas son capaces de apedrear al primero que ofenda.
Con moderaciones de estilo Gran Hermano, que obligan a
comportarnos de una manera homogénea, lo que está en juego es la libertad
individual y de expresión de todas las personas públicas en sus espacios
personales (sean públicos o privados), así como también la
diversidad de opiniones.
En mi ingenuidad, creía que la
actividad de crear no tenía que ir unida a la moral; que, por ejemplo, un
escritor podía escribir una gran obra y ser a la vez un sinvergüenza, un
chivato, un indeseable. Quizá al cerrar
el libro no pensara como Holden Caulfield que "ojalá el autor fuera amigo mío y pudiera llamarlo por teléfono cuando
quisiera", pero, sin duda, lo seguiría leyendo y seguiría queriendo saber
sus opiniones, aunque fuera para disentir.
Siempre he pensado que
estaba viviendo la época más libre jamás habida en la existencia humana, la única
en la que yo me veo capaz de sobrevivir (en las anteriores me hubieran quemado
en la hoguera, o echado a los leones, estoy convencida), pero con estas nuevas
tendencias de correctismo político no
estoy segura de salir incólume; ya no es posible albergar sombras.
(Foto: Russ and Reyn)