05 febrero 2011

Disculpen si albergo sombras

SombraVoy de asombro en asombro. Leo
el pasado sábado en El País  a Manuel
Rodríguez Rivero
que cuenta cómo la editorial Harper Collins ha introducido
en sus contratos una «cláusula moral» por la que la compañía se reserva el
derecho a rescindir contratos «si la
conducta del autor evidencia una falta de la debida consideración hacia las convenciones
públicas y morales… (sic)»
. Vuelvo a El País el domingo y me encuentro con
que el propio periódico pide disculpas por lo que Nacho
Vigalondo
  ha escrito sobre el Holocausto
en su Twitter (personal) y decide retirarlo (por sus opiniones) de una campaña
publicitaria en la que aparecía el director de cine, además de clausurar su blog que alojaba El País
Digital.  

Y
pienso: «Quizá me esté equivocando al sobresaltarme,
y obligando al hombre a ser bueno se logrará la sociedad libre que anhelaba Rousseau…»

No lo creo. No creo que ni el ojo avizor de las editoriales ni la
espada justiciera de los medios de comunicación nos hagan mejores, quizá sí más
cínicos, menos espontáneos y más amargados; lo hemos visto antes en otras
represiones, como la caza de brujas de McCarthy, donde no hubo ni muertos ni
exiliados pero sí grandes círculos intelectuales que se autocensuraban para no
ser reprendidos.

Enjuiciar
moralmente a alguien es siempre una mala costumbre que quizá no podamos dejar
de hacer en nuestros círculos reducidos, pero cuando el enjuiciamiento pasa a
ser popular deberíamos saber que desaparece la razón y el mando lo toman las
emociones, y éstas son capaces de apedrear al primero que ofenda.

Con moderaciones de estilo Gran Hermano, que obligan a
comportarnos de una manera homogénea, lo que está en juego es la libertad
individual y de expresión de todas las personas públicas en sus espacios
personales (sean públicos o privados), así como también  la
diversidad de opiniones.

En mi ingenuidad, creía que la
actividad de crear no tenía que ir unida a la moral; que, por ejemplo, un
escritor podía escribir una gran obra y ser a la vez un sinvergüenza, un
chivato, un indeseable.  Quizá al cerrar
el libro no pensara como Holden Caulfield que «ojalá el autor fuera amigo mío y pudiera llamarlo por teléfono cuando
quisiera
«, pero, sin duda, lo seguiría leyendo y seguiría queriendo saber
sus opiniones, aunque fuera para disentir.

Siempre he pensado que
estaba viviendo la época más libre jamás habida en la existencia humana, la única
en la que yo me veo capaz de sobrevivir (en las anteriores me hubieran quemado
en la hoguera, o echado a los leones, estoy convencida), pero con estas nuevas
tendencias de correctismo político no
estoy segura de salir incólume; ya no es posible albergar sombras.

(Foto: Russ and Reyn)

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