06 junio 2011

En Grand Central Station me senté y lloré

En Grand Central Station me senté y lloré

La historia de una mujer enamorada de un hombre casado puede ser muy común. Alejarse de lo posiblemente folletinesco -en su acepción menos literaria y más burlona-, para hacer de semejante historia de desamor un análisis propio de las relaciones humanas y sentimentales -y sobre todo complejas de aquellos años 40 del pasado siglo- a la vez que contarlo con una pulcritud que supera su propio lirismo, eso sí que no es nada común.

La novela de Elizabeth Smart, narrada en primera persona, se construye con imágenes poéticas que trascienden su propio tiempo y contexto cultural, propios de la universalidad del texto poético: «axilas como cálices», cómo no acordarse de Vicente Aleixandre. El hilo de la intertextualidad, trabajada ésta con el respeto y coherencia formal al nivel un Thomas Mann -si bien en Smart más sujeta a la imagen-, y no de la sencilla referencia literaria, copiada o hurtada, sostiene un discurso propio. Una narración fluida, lírica, pero no por ello menos afianzada en la construcción de la prosa.

Todos estos elementos de la narración para establecer en el lamento, como decíamos, las bases de un contexto social donde pesa la hipocresía, y también una sumisión -en este caso, paradójicamente, voluntaria- que comienza a decaer, pequeña traza de «la vida moderna» de aquellos años. La violación de las normas no afecta por igual a la protagonista que a su amante. Tampoco a la mujer de éste. Como una Lady Chatterley, dejarse caer es asumir voluntariamente los riesgos y las heridas de esa asunción. También comparte con ésta la misma sensualidad en la que el entorno natural refiere en ocasiones las posturas del amor, a las escenas de los encuentros. Si bien, en la novela de Smart, el recuerdo recrea una sensualidad dolorosa.

Lo fragmentario de los recuerdos (fragmentaria en la memoria) no rompe la cohesión interna, donde la línea interna que supone la tristeza no resulta abusiva, sino más bien convincente desde la voz de la narradora. Describe su realidad con la suficiente distancia para huir del patetismo. Sugiere un tipo de dolor reflexivo, no tanto apasionado.

Elizabeth Smart ha conseguido una novela de la que posiblemente se haya dicho ya todo siendo sin embargo, como es, una novela que sugiere muchas relecturas. Detenerse en cada una de sus frases daría para un ejercicio de hermenéutica a la altura de otras muchas grandes y trabajadas obras. Por fortuna, no hace falta ninguna erudición para disfrutar de la novela.

Un lujo de lectura para unos tiempos en los que parece que construir un buen puñado de buenas frases e historias ingeniosas es suficiente para crear buenos escritores. Escribir es otra cosa, más complicado. Es lo que hace Smart, entre otros tantos buenos y tan diferentes literatos. Su exigencia lo dice todo.

José Antonio Vázquez (Equipo Dosdoce)

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