La IA corporativa, de querer a poder

Imagen de Eric Lafontaine en Pixabay
«Si quieres ascender en el escalafón de una gran empresa elige un rival de la oficina y acompáñalo al ascensor cada día; cuando coincidáis con varios jefes de una planta quince o superior pregúntale amigablemente a tu víctima si ha leído lo de esta mañana en el Financial –sin añadir Times–; en cuanto te pregunte a qué te refieres sacude la cabeza con condescendencia, mira al techo y di: Ya. Lo suponía. Así, por comparación, parecerás más inteligente que tu rival.»
Scott Adams escribía tiras cómicas y libros sobre empresa, sociedad e ingenieros que para mí tocaban o superaban la genialidad porque identificaba y exponía, sobre todo, situaciones reales. En las empresas se cuecen las mismas habas que en todas partes, y se producen situaciones que arruinarían la credibilidad de cualquier novela. Y estoy seguro de que la adopción de la IA está adoleciendo de los mismos problemas que cualquier otro cambio de flujo.
Puedo imaginar, por ejemplo, a un corrector usando GPT para conseguir una receta de romesco mientras agradece en silencio que aún ponga mal las comas, para no entregar demasiado pronto y ser degollado por los maquetistas tras la máquina de café.
O al director técnico tratando de decidir cuál de los cuatro modelos nuevos de la semana elegir, mientras calcula a quién le caerá la culpa si se equivoca, o esperando —inútilmente— a que el mercado se estabilice. Sabiendo, además, que pasar de un piloto a un proyecto es un campo minado sin cartografiar.
O al gerente preguntándole al eco cómo van a medir el beneficio de usar la IA. O, si ya lo sabe, analizando los números de un piloto sin decidirse a dar luz verde al proyecto por no despedir o apartar a los editores.
O al documentalista al que le ha caído encima la normalización de datos de SAP, DAM y CMS para que los ingeste la IA, pensando en volver a casa de sus padres.
O al dueño temiendo que cualquier cosa que entregue a la IA acabe, de una forma u otra, abaratando el trabajo de su próximo competidor.
O al responsable de recursos humanos buscando la forma de seleccionar a alguien que haya usado algo más que GPT.
O al responsable jurídico obligado a asistir a curso tras curso para asegurarse de que el uso que se hará es legal y no se expondrá datos sensibles.
No estoy tratando –de verdad– de ridiculizar a nadie. Francamente, yo he cometido algunos de esos errores. Pero hoy tengo la suerte de trabajar para mí mismo y fastidiarla sin que me despidan o acertarla sin que alguien espere un salto mortal mayor la semana siguiente. Ser mordaz es otra de las cosas que puedo permitirme.
Estas cosas están ocurriendo, seguro. Es parte de la vida misma. Ocurre con cualquier cambio que no sea insignificante. Alguien a quien considero amigo mío y es –como yo– un perro viejo del sector vio las ventajas de las tecnologías que desarrollamos, pero tras unos años el resultado ha sido un progresivo alejamiento y una frase lapidaria que ahora copio y pego: «Sí, es impresionante. Es vanguardia, Pero el mundo editorial mira a retaguardia». Puedo reconocer en esa frase muchas situaciones que yo mismo he vivido.
En el fondo no hay nuevos problemas, son los mismos pero agravados por un mundo donde hoy salen tres soles al día, que dura cuatro horas. Ya había cortoplacismo y gregarismo en la toma de decisiones, pero esos síntomas se han ido agravando conforme ha empeorado la delicada situación económica no ya del sector, sino del continente. No me sorprendería nada que estas escenas estuvieran ocurriendo ya en más de una editorial. Los informes de Deloitte, McKinsey, Eurostat y la OCDE describen barreras bastante generales; cada sector, claro, las dramatiza a su manera.
Las empresas técnicas y pequeñas como la nuestra están adoptando y abrazando la IA y los resultados son de ciencia ficción. Pero claro, no hay cortapisas en una empresa donde lo único que falta es tiempo. Explicarle algo a alguien para que se vaya en un año y tengas que volver a empezar con el siguiente… puede dejar de ser un problema. Yo mismo estoy codificando todo mi conocimiento en un RAG privado esperando que esta sea la última vez que explicar a alguien (o a algo) cómo hacer un control de la producción con nuestro sistema editorial.
En cambio en una editorial a partir de quince o veinte trabajadores cualquiera de las situaciones que he descrito antes podría bastar para atascar la adopción razonable de la IA. Y eso en un entorno que cambia tan rápido puede no ser un pinchazo de una rueda sino un motor gripado. Mientras una editorial sigue decidiendo si paga a tanto el espacio otra puede estar dotando a sus correctores de velocirraptores amaestrados en la corrección ortotipográfica y estilística.
Es previsible que algunas editoriales (y no pocas empresas de otros sectores) vayan a ir necesitando algo que todavía es escaso: un brazo ejecutor externo que garantice objetivos reales y beneficios claros. Alguien que analice las áreas de mejora y las justifique de forma creíble ante quien decide. Debe preparar un piloto y explicar cómo se medirá el éxito. Debe hacerse responsable de la seguridad, la legalidad, el mantenimiento, la infraestructura y el soporte. Debe lidiar con las personas en la empresa, que es siempre lo más difícil y lo que menos aparece en las presentaciones. En realidad debe conseguir que la empresa suba a tiempo a ese tren, aunque sea en el vagón de cola. Lo imprescindible es subirse.
¿Que gasto un tiempo precioso en ajustar titulares o artículos en una revista? Se puede arreglar con un plugin InDesign conectado a Opus. ¿Que temo que una corrección IA, por buena que sea, exponga el contenido de un nuevo libro? Se puede evitar con una GPU local y un modelo como Qwen. ¿Que tengo diez mil fórmulas matemáticas que llevar a digital y están hechas con un confetti de recursos gráficos?
Nada imposible para la IA. ¿Que debo documentar todas las imágenes de montones de libros para la accesibilidad? Hecho con otro plugin conectado a GPT. No son soluciones futuribles: las desarrollamos hoy quienes llevamos años peleándonos con flujos reales de InDesign, producción y automatización técnica en el sector editorial.
El sector cultural tiene otras preocupaciones más hondas. De otra pasta. Pero a mi juicio también busca una brújula en un mundo de GPS. Señores, esto ha sido un asalto a mano armada y hace rato que se han llevado nuestro Montblanc. Pedir regulación y protección de un statu quo que ya no existe puede aliviar conciencias, pero difícilmente va a resolver por sí solo el problema. El poder de OpenAI, Anthropic y Google es tan real como el del Estado, pero mucho más influyente. El Estado no va a conseguir que pare. Nadie lo va a parar. Eso sí, podemos seguir engañándonos. O podemos cambiar de rumbo.
Bajo el maremoto de GPT, Claude, Gemini y muchos otros vientos existe la IA local, open source, que ofrece privacidad y soberanía. Existen empresas cuyo cometido va a ser ayudar con la IA a cada sector, no cortarle los pies. Pero lo más importante es nuestra actitud, aprender a usar la inercia de la amenaza a nuestro favor.
– El autor que usa la IA asiduamente ya sabe cómo manejarla para no perder su profundidad creativa. Sabe que debe frenar su proactividad y usar prompts de sistema personalizados para que sea realmente de ayuda. GPT no sabe ni hacer un buen chiste, pero te puede dar una lista de sinónimos al instante.
– Un traductor que se ve amenazado –ojo, que lo entiendo– también debe cambiar su modus vivendi. No dedicándose a otra cosa, sino conociendo las formas en que la IA puede convertirse en aliado y reflejando eso en su oferta a las empresas, en alcance, plazos y valor añadido. Lo mismo aplica si es un corrector en nómina, pero en ese caso la decisión no es suya. Ni la implementación.
– La confección de voces sintéticas se puede llevar ya a modelos locales que queden bajo propiedad de la editorial y sirvan para audiolibros. Con una expresividad fuera de toda duda.
En mi opinión estas amenazas son percibidas como tal en otros muchos sectores. Sin ir más lejos, en el desarrollo de software. Tengo amigos que están muy preocupados (y otros directamente destruidos) por el cambio en las reglas del juego, porque en realidad… no están jugando. Los que sí juegan están despegando en una nave espacial. Puedo asegurar que la sensación de lo que se consigue al experimentar –y dar en el clavo– es una mezcla de risa nerviosa y estupefacción que no te deja dormir. Pero no de preocupación, sino de ganas de levantarse de la cama para seguir aprendiendo y avanzando. Y a medida que busco analogías en otros oficios veo que se repite el patrón.
Simplemente, no estamos preparados socialmente para entender bien dónde están las columnas que sostienen el edificio de la IA, bajo esa tormenta mediática diaria, y menos para diseñar el uso que hay que darle. Aspectos como la privacidad, la seguridad o la soberanía de datos son importantísimos, tanto como las partes funcionales fundamentales.
En un contexto privado es fácil experimentar y adoptar. En el corporativo, en cambio, es imposible vencer internamente obstáculos como los descritos. En empresas muy bloqueadas, el cambio rara vez nace de forma orgánica. Suele necesitar impulso externo, legitimidad suficiente y una secuencia de resultados visibles que conviertan la discusión en hecho consumado.
Daniel Perera, director general de www.qsystems.es




