El libro necesita circular más

Imagen de Şule Makaroğlu en Pexels
El carnaval ya pasó y es hora de volver con esta columna. Pero eso no significa que no haya playa y mate en este primer texto de 2026.
Era un domingo de febrero -con menos sol del que nos hubiera gustado- en la Playa del Flamengo, en Río. Aun así, había sombrillas abiertas, gente caminando por el paseo marítimo y vendedores de mate.
Lo más interesante es que, en medio de todo eso, había personas leyendo en la playa, intercambiando libros entre sí, autores conversando con lectores y hasta una rueda de samba. Así fue nuestro primer ‘Leituraço en la playa’.
A lo largo de la tarde, más de 500 libros cambiaron de manos. La idea era simple: que cada persona llevara un libro que ya había leído para cambiarlo por otro que todavía no conociera. Nuestra intención era poner las historias en circulación y permitir que encontraran nuevos lectores. Y me quedé pensando que, en el fondo, lo que estaba ocurriendo allí era un pequeño experimento cultural.
Porque todavía hoy existe una asociación muy fuerte entre los libros y ciertos lugares específicos: la biblioteca, el dormitorio silencioso, el sillón cómodo. Como si la lectura necesitara un ambiente adecuado para suceder, casi como un ritual que exige las condiciones perfectas.
Curiosamente, otras formas de entretenimiento rompieron esa barrera hace mucho tiempo. La música está en el gimnasio, en el metro y en las carreras de calle. Las series y los vídeos acompañan a las personas en el transporte público. Los videojuegos aparecen en cualquier lugar donde alguien tenga algunos minutos libres. El entretenimiento se ha expandido por la vida cotidiana.
El libro, a pesar de todas sus posibilidades y de su portabilidad, todavía ocupa menos de esos espacios de lo que podría.
Por eso llevar libros a la playa tenía tanto sentido. Cuando colocas un libro al lado de sombrillas y sillas de playa, envías un mensaje simple: la lectura también puede formar parte de la vida cotidiana, sin ceremonias. No hace falta esperar el momento ideal, el silencio perfecto o el ambiente correcto. El libro puede estar ahí, junto con todo lo que ya forma parte de nuestra rutina.
Otra cosa interesante del Leituraço fue el intercambio de libros. Todo el mundo tiene en casa algún libro que ya leyó y que quedó parado en la estantería. Al mismo tiempo, todos sienten curiosidad por nuevas historias. El intercambio conecta esas dos cosas.
Intercambiar libros es una forma muy interesante de economía circular cultural. Un libro usado no es un libro viejo. Es un libro listo para continuar su viaje. Cada nueva lectura añade una capa más de historia al propio objeto. Y muchas veces el libro que llega hasta ti no es el bestseller del momento, sino un descubrimiento inesperado. Quizás ahí también exista una oportunidad importante para el propio mercado editorial.
Si queremos que el libro esté en todas partes, necesita salir de la lógica de la vitrina estática y convertirse en una experiencia que pueda ocurrir en cualquier lugar.
Los libros necesitan aparecer en más contextos: en eventos culturales, en parques, en playas, en bares, en clubes de lectura, en festivales, en encuentros entre personas. Cuando el libro ocupa nuevos espacios, deja de ser sólo un producto disponible para la venta y pasa a ser parte de la vida social.
El libro no es sólo algo que se vende.
El libro es algo que circula.
Esto no significa abandonar librerías, bibliotecas o plataformas digitales. Significa ampliar el territorio de la lectura. Porque cada vez que un libro aparece en un lugar donde normalmente no estaría, ocurre algo interesante: alguien descubre que leer puede ser más simple, más cercano y más natural de lo que imaginaba.
Al final, promover la lectura también puede ser una cuestión de geografía cultural. ¿Dónde están los libros? Y, quizás aún más importante: ¿qué otros lugares podrían ocupar?
André Palme, Head at Estante Virtual.




