El Castillo de la Luz: invertir en cultura
En Riga, sobre la orilla del río Daugava, se levanta un edificio que parece una montaña de cristal a punto de romper el cielo. Es la Biblioteca Nacional de Letonia, conocida popularmente como Gaismas pils, el «Castillo de la Luz» que fue inaugurada en 2014 convirtiéndose en una de las obras más emblemáticas del arquitecto letón-estadounidense Gunnar Birkerts.
No es solo un impresionante edificio con una enorme escala: es todo un manifiesto sobre lo que una sociedad decide contarse a sí misma acerca de su cultura y acceso al conocimiento.

Una leyenda convertida en arquitectura
El nombre del edificio no es una licencia poética como reclamo turístico. Remite directamente a una vieja leyenda letona, la del castillo que un día se hundió y que algún día volverá a alzarse para devolver la luz a su pueblo —una historia que el poeta Auseklis recogió en el siglo XIX y que, más tarde, el compositor Jānis Mediņš convirtió en un coral que hoy forma parte del imaginario cultural letón.
En esa misma tradición folclórica aparece también la montaña de cristal: una cima resbaladiza y casi inalcanzable, custodiada por manzanas de oro, que solo los más perseverantes logran escalar.
Birkerts tradujo ambas leyendas en una sola forma arquitectónica: un volumen piramidal de catorce plantas, coronado por una estructura que evoca esa cima de cristal, y que alberga en su interior una torre de libros que asciende como una columna vertebral desde el vestíbulo hasta lo más alto del edificio. La lectura simbólica que ofrece el edificio es explícita: alcanzar la excelencia es un camino difícil, como escalar una montaña de cristal, y la verdadera libertad de pensamiento solo se logra a través del esfuerzo intelectual y cultural de las personas.
Una liga báltica y nórdica de bibliotecas-catedral
Riga no es la única ciudad del norte de Europa que apuesta por la lectura. En la última década y media, los países nórdicos y bálticos han protagonizado una auténtica ola de inversión en grandes edificios bibliotecarios públicos, concebidos no como simples depósitos de libros sino como catedrales laicas del conocimiento, con una vocación explícita de espacio cívico.
En Copenhague, Den Sorte Diamant —el «Diamante Negro»— es la extensión de la Biblioteca Real danesa sobre el puerto: un volumen de granito negro y vidrio que refleja el agua y que se ha convertido en uno de los símbolos arquitectónicos de la ciudad. En Oslo, Deichman Bjørvika, la nueva biblioteca pública inaugurada en 2020, ocupa un lugar de honor en el frente marítimo, junto a la Ópera, reafirmando que la cultura merece la misma centralidad urbana que las grandes infraestructuras institucionales. Y en Estocolmo, aunque la histórica Biblioteca Pública diseñada por Gunnar Asplund en los años veinte es anterior a esta ola contemporánea, sigue siendo la referencia que inspiró después ese mismo espíritu de monumentalidad accesible que hoy se repite en toda la región.

Lo interesante no es solo el gesto arquitectónico, sino el mensaje político y social que hay detrás. Estos países han decidido, con recursos públicos, que un edificio de biblioteca merece la misma ambición formal que un museo, un parlamento o una ópera. Es una forma de decir, con hormigón y presupuesto, que la educación, la cultura y el acceso libre al conocimiento son pilares tan centrales de la identidad nacional como cualquier otro símbolo de Estado.
Este es, precisamente, el mensaje que valdría la pena trasladar con más fuerza al sur de Europa. En España, Italia, Portugal o Grecia, la inversión pública en grandes infraestructuras bibliotecarias contemporáneas ha sido, en general, mucho más tímida y menos prioritaria en la agenda política. El contraste no es solo estético: es una diferencia de fondo sobre qué lugar ocupa la lectura y el acceso al conocimiento en la jerarquía de prioridades culturales de un país. Que el sur de Europa mire hacia el Báltico y hacia los países nórdicos no debería ser un ejercicio de admiración pasajera, sino una fuente de argumentos concretos para reclamar más ambición e inversión pública en infraestructuras que fomenten el acceso al conocimiento.
Un libro es un libro, sea cual sea su formato
Dentro del propio Castillo de la Luz hay un detalle expositivo que resume, mejor que cualquier discurso, hacia dónde debería moverse el discurso sobre el fomento de la lectura.
Una de las exposiciones del edificio plantea a los visitantes una pregunta muy simple: ¿qué formato de libro leíste o escuchaste el año pasado? La pregunta, en apariencia sencilla, contiene una decisión editorial nada trivial: coloca en el mismo plano el papel, el libro electrónico y el audiolibro, sin jerarquías ni distinciones de legitimidad, dentro de una misma encuesta sobre hábitos de lectura de la población letona («Latvijas iedzīvotāju lasīšanas paradumi, 2024).
Los datos expuestos confirman ese enfoque inclusivo: el libro impreso sigue siendo, con diferencia, el formato dominante, con un 57% de menciones; un 16% de los encuestados declaró haber leído un libro electrónico y un 9% haber escuchado un audiolibro en el último año, mientras que un 31% reconoció no haber leído ni escuchado ningún libro en ese periodo.

Son cifras que, más allá de su valor estadístico puntual, envían un mensaje de fondo: la institución que custodia la memoria escrita de una nación no ve el audiolibro o el ebook como una amenaza o una versión menor de la lectura «de verdad», sino como formatos plenamente equivalentes del mismo acto cultural.
Esta manera de plantear la pregunta —integrando papel, ebook y audio bajo el paraguas único de «leer»— es exactamente el tipo de mensaje que el sector editorial en español necesita normalizar con mayor determinación.
El fomento de la lectura no puede seguir entendiéndose como sinónimo exclusivo de fomento del libro en papel. Un adolescente que escucha un audiolibro en el autobús o una persona que lee en su móvil un ebook durante el trayecto al trabajo están leyendo, en el sentido más pleno de la palabra, y las instituciones culturales —bibliotecas, ministerios de cultura, gremios editoriales— deberían comunicar esa equivalencia con la misma naturalidad con la que lo hace una exposición pública en Riga.
Una lección arquitectónica, simbólica y de política cultural
La Biblioteca Nacional de Letonia condensa, en un solo edificio, tres lecciones que merece la pena extraer y difundir desde el sector del libro en español. La primera es que la arquitectura puede ser un vehículo legítimo y poderoso para transmitir valores culturales: un edificio bien pensado no solo alberga libros, también cuenta una historia sobre lo que una sociedad valora.

La segunda es que la inversión pública en grandes infraestructuras de lectura —como demuestran Riga, Copenhague, Oslo o Estocolmo— es una decisión política con retorno simbólico y social de largo plazo, y una asignatura pendiente en buena parte del sur de Europa.
Y la tercera, quizás la más aplicable de forma inmediata al día a día del sector editorial, es que la lectura ya no tiene un único formato legítimo: papel, ebook y audiolibro conviven, se complementan y merecen ser defendidos y promovidos con el mismo entusiasmo institucional.
Javier Celaya, socio fundador de Dosdoce.com




